Décadas de crisis económicas, tecnológicas y de credibilidad han apartado a los medios del centro de la conversación pública. La mesa inaugural del festival concluyó que la relevancia del periodismo sobrevive en los grandes acontecimientos, pero que recuperar su papel exige autocrítica, rigor y autorregulación.

Así arrancó la mesa «Cómo seguir siendo relevantes», moderada por Carmen Ibáñez, de elDiario.es, con Magdalena Trillo, profesora de Comunicación en la Universidad de Granada; Mari Luz Peinado, de El País; Ana Fuentes, del Colegio de Periodistas de Andalucía, y Arsenio Escolar, presidente de Club Abierto de Editores (CLABE). Trillo planteó que la crisis del periodismo es una sucesión de crisis, y que lo que ahora cambia es la velocidad y el propio concepto de noticia, mezclado con la opinión y la ficción en un ecosistema híbrido.

Peinado matizó ese diagnóstico con datos de audiencia. Cuando ocurre algo importante, las cabeceras reciben más visitas, porque el público quiere saber cómo le afectará. Para ella, la relevancia ya no se mide solo en términos políticos, sino también en la vida diaria de cada lector. Recordó que cada nuevo medio, desde la radio hasta internet, hizo temer el fin del periodismo, y que lo que hizo falta fue adaptarse.

Escolar, el más veterano de la sala, se presentó como testigo y no como sabio. Situó el deterioro en tres golpes:

  1. El primero, la resistencia de muchas redacciones a la revolución digital, que tardaron en adoptar el correo electrónico y el móvil.
  2. El segundo, la crisis de 2008, que hizo perder a muchos medios su independencia editorial y los acercó a los intereses económicos y políticos.
  3. El tercero, la desinformación, cuyo punto de partida situó en el debate sobre los «hechos alternativos» de la toma de posesión de Donald Trump.

Recordó la vieja máxima del periodista británico C. P. Scott, según la cual la opinión es libre, pero los hechos son sagrados, y reconoció que buena parte de la profesión ha tolerado mezclar opinión, información y mentira.

Ana Fuentes aportó la respuesta institucional. Defendió el registro Ronda, un listado voluntario de medios digitales andaluces que, según explicó, están hechos por periodistas y cumplen el código deontológico. Propuso extenderlo a toda España mediante la autorregulación desde dentro de la profesión, frente a leyes o sellos oficiales. Reconoció que la autorregulación no siempre funciona, y citó como ejemplo las cadenas que difunden bulos en horario de máxima audiencia sin consecuencias, y el reparo de los medios a denunciar a sus competidores.

La mesa dejó más preguntas que respuestas. Carmen Ibáñez abrió el debate con una duda que quedó sin cerrar: si el periodismo vive en una burbuja, donde su propio público le da más peso del que tiene en el resto de la sociedad. El consenso fue que la relevancia no está perdida, pero que dependerá de que los medios asuman sus errores y de que el público encuentre en ellos algo que no le dé en otra parte.